CAPITULO
# 1.-
Tengo que
ponerme a escribir. Tengo que hacerlo, lo sé. Sólo un poco más
de Facebook y
estaré lista para encarar la temida página en blanco.
«Ánimo, _____», me dice mi amiga Sylvia.
Pobre... También por
ella debo
retomar el blog y hacer lo mío. Es increíble que siendo sexóloga
diplomada
tenga que trabajar con una maleta roja en reuniones de
tuppersex
para ganarse la vida.
Bendita
paginita que nos ha salvado a ambas, y en más de un sentido.
Marco un «me
gusta» porque realmente me gusta que se preocupe por
mí, a pesar
de que ya han pasado dos meses desde aquel fatídico día.
«¡Desaparecida! ¿En qué andas, _____?»
Es evidente
que mi primo Lorenzo no se ha enterado de nada o, si lo
ha hecho, ya
lo ha olvidado. Vive en las nubes ese hombre. Igual le pongo
un «like» por
la intención.
Ah, qué
preciosa frase: «Ayer fue historia. Mañana es un misterio. Y
hoy es un
regalo, por eso se llama presente». Más cierto imposible, pero
una cosa es
leerlo y otra muy diferente es saber qué hacer con ello. Me
gusta, me
gusta mucho. De alguna forma me ha calado hondo. Tiene
sentido para
mí, aunque cuando cada noche intento conciliar el sueño, el
ayer se hace
presente y el futuro me llena de miedo.
Y luego,
decenas de felicitaciones de cumpleaños. Les respondo a
todos en un
solo posteo: «Gracias por recordarlo». Nada más que eso. Ni
que lo he
pasado genial ni nada, porque sólo miento cuando se hace
imprescindible,
y en el mundo real. Virtualmente se han acordado muchos,
pero no tengo
ni idea de cuántos se han interesado lo suficiente como para
llamarme. Y
la verdad sea dicha, no puede importarme menos.
Haber perdido
el maldito móvil finalmente ha sido una bendición.
Servirá para
hacer borrón y cuenta nueva. Nuevo aparato, nuevo número...
¿Nueva vida?
Quizá, pero
por ahora sólo puedo pensar en que el destino es un sádico
sin remedio,
porque a mis veintiséis recién cumplidos he tenido que volver
a vivir con
mi madre.
Aun así,
prefiero la nueva y no la anterior. Es una vida de mierda, soy
consciente de
eso. Soy una mujer adulta que está durmiendo en la misma
cama que a
los trece años, con ositos rosa incluidos. Pero la anterior era
una farsa. Mi
vida antes del desastre estaba cogida con alfileres. Cierto que
eran de los
bonitos, de esos que tienen cabezas de colores, pero se han
deslizado
demasiado rápido y todo se ha soltado. Me he quedado en pelotas
de un día
para otro y, a pesar de ello, la _____ Optimista que habita en lo
más profundo
de mí me dice que es lo mejor.
Me resulta
difícil de creer que encerrarme a fumar armada de
aerosoles
quitaolores sea algo bueno, o que no poder andar descalza sin
recibir una
reprimenda sea un premio.
Soy como una
página en blanco y por un momento el terror se apodera
de mí. ¿Podré
salir del paso esta vez? Apago mi ordenador; ya dejaré la
columna para
cuando esté inspirada. Eso puede esperar.
Lo que no
puedo hacer es quedarme inmóvil para siempre. Tengo que
moverme,
aunque sea sólo por dentro. Tengo que salir del letargo, tengo
que comenzar
a vivir.
Porque ésta
es mi vida, al menos por ahora. No tengo móvil, no tengo
casa, no
tengo trabajo, ya no tengo un pececito latiendo dentro de mí, y
definitivamente
no tengo marido. Estoy desnuda.
Pero por
alguna razón, por extraño que parezca, por horrible que
suene, le presto
mis oídos a la _____ Optimista y sonrío al pensar que lo
mejor está
por venir.
El día en que
todo acabó, amaneció nublado. «Hum, mal presagio»,
me dije. El
test de embarazo parecía palpitar en mi bolso, delatándome.
No era la
primera vez que me hacía uno y tampoco era la primera vez
que el
positivo podía terminar siendo precisamente lo contrario. En aquella
otra ocasión,
el resultado me cambió la vida de una forma tan radical que
luego
continué dando tumbos durante mucho tiempo. Y presentía que esta
vez no sería
distinto.
Siete años
atrás, cuando mi trompa estalló, lo único en lo que podía
pensar era en
que el dolor cesara. Mi luna de miel fue una pesadilla de
jeringas y
batas blancas.
Regresé a mi
vida con un ovario menos y un marido que estaba de
más.
Lo del ovario
no me importaba. Tenía uno sano, ¿para qué quería otro
lleno de
quistes y con la trompa de Falopio detonada?
Lo del
marido, en cambio, me trastornó toda la vida. Si hubiese sabido
que el
embarazo se malograría, jamás me hubiese casado con David. No es
que no lo
quisiera entonces. El problema es que no lo quería lo suficiente.
Mi amiga
Sylvia intentó convencerme de que no lo hiciera, pero no le
hice caso.
Hasta el momento me había dejado llevar por los
acontecimientos,
y no había motivo alguno para cambiar de tesitura.
David era mi
novio de toda la vida, mi primer hombre. Yo era una
tonta que
había olvidado tomar la píldora. Listo, el final estaba cantado.
Me negué
rotundamente a hacerle eso a mi madre, que ya llevaba
suficientes
vergüenzas a cuestas, y yo le había agregado la de una hija de
diecinueve
años que se había embarazado por accidente.
—Pero tú no
lo quieres, ______ —me dijo Sylvia sosteniéndome la
mirada.
Estábamos en
Zara, buscando un traje decente para la ceremonia civil,
que iba a ser
la única. David era judío, ateo y socialista; como para boda
religiosa
estábamos nosotros. Ni iglesia, ni sinagoga. Ni siquiera parientes
deseándonos
felicidad. Seríamos él, yo y los testigos que la ley exigía. Y a
uno de ellos
ni siquiera lo conocía.
—Sí lo
quiero, Syl —repliqué, sin darle el gusto de que leyera en mis
ojos que
tenía razón.
—______, que
no nací ayer. Continúa mirándote al espejo mientras te
crees tus
propias mentiras.
—¿Así que
sabes más que yo sobre mis propios sentimientos? Amiga,
estoy
embarazada y me voy a casar. Y seré muy feliz con David.
Ella era
implacable. No desistía jamás.
—Sí, claro.
Te casarás, tendrás al bebé, pero que no lo amas es una
verdad tan
grande como una casa, Maribel. David no es el hombre indicado
para tu...
sensibilidad. Ni siquiera te ha hecho acabar una sola vez.
—¡Sylvia!
—exclamé irritada.
No me
importaba hablar de esos temas, pero no quería que todo el
mundo se
enterara de que era una frígida sin remedio.
—¿Acaso estoy
mintiendo?
—¿Puedes
cerrar el pico? —pregunté, abriendo los ojos como platos
para que se
diera cuenta de que no me sentía cómoda hablando de eso en
ese momento y
en ese lugar.
—No —me
contestó, pero bajó un poco la voz cuando me dijo—: Y sé
que estás
pensando que no acabas porque eres frígida, aunque ya me he
cansado de
explicarte que no acabas porque él no te excita, y porque no
estás
enamorada de ese hombre.
—Estoy
enamorada de «ese hombre». Y cuando realmente tengamos
tiempo,
cuando no tengamos que hacerlo a escondidas en los descansillos
de las
escaleras, lo lograré, te lo aseguro.
—Ay, ______
Isabel Baldini, eres más ingenua de lo que creía. Si
ahora, que se
supone que estáis en pleno enamoramiento, que se supone
que os
derretís el uno por el otro, no logras un orgasmo..., ¿qué carajo te
hace pensar
que después será mejor? Ni siquiera te gusta, pero eres tan
terca que sé
que no lo admitirás jamás.
Se
equivocaba. Por supuesto que tuve que admitírselo.
Antes de
casarnos no lograba terminar. Después no podía ni empezar.
No deseaba a
David. Y Sylvia tenía razón: ni siquiera me gustaba. Con el
tiempo, todo
se puso peor, porque me provocaba bastante irritación hasta el
simple hecho
de dormir con él y tener que inventar excusas para evitar el
sexo.
Menstruaciones
interminables. Misteriosos virus contagiosos del
universo
femenino. Como cuando era pequeña, acercaba el termómetro a la
luz para
fingir que tenía fiebre y no exponerme a los patéticos intentos de
David de
darme placer.
Cuando no
lograba escapar, simplemente me despersonalizaba.
«No soy yo,
no soy yo, no soy yo», repetía como un mantra, mientras
me
concentraba en una manchita de humedad que había comenzado a
aparecer en
el techo, o en la lista de la compra del día siguiente. O
simplemente
me ponía a contar. «Diez, nueve... falta poco... ocho, siete...
llegó la hora
de fingir... seis, cinco... de veras soy buena actriz... cuatro,
tres... ya
termina esta tortura... dos, uno... Fuera.»
Me
desembarazaba del cuerpo inerte de David, así como mi cuerpo se
había
desembarazado del de su hijo, sin que mediara intención por mi
parte. —La
naturaleza es sabia —había dicho mi madre.
Sólo eso. Ni
una palabra de consuelo, ni un poquito de empatía. Nada,
como siempre.
De todos
modos, no necesitaba su compasión, porque realmente no lo
sentí. Quizá
lo único que lamenté fue que el desenlace se produjera
después de la
boda y no antes... Vamos, _____, ¿a quién quieres engañar?
No tenías los
ovarios suficientes para cancelarlo todo. ¿Sería por los
quistes?
¿Podía echarles la culpa por haber errado tanto?
Años
aletargada. Ésa es la palabra, «aletargada». No suena bien, pero
vivirlo
resultó peor aún. No lo sé, tal vez esté exagerando. En realidad lo
arreglamos de
un modo bastante sencillo. David se consiguió una amante
fija y varias
de turno.
Yo también lo
intenté, pero los besos prohibidos y las caricias robadas
no eran lo
mío. Siempre supe que necesitaba confiar mucho en alguien para
lograr
soltarme. Una relación de sexo casual jamás iba a ser el marco ideal
para eso.
Era muy
extraño lo que me pasaba. Todo el mundo me tildaba de
egoísta. Mi
madre me lo decía siempre, David me lo hacía sentir todo el
tiempo y mis
amigas no se quedaban atrás. Todos por distintos motivos
coincidían en
lo mismo: «¡Qué egoísta es _____!». Todos me reclamaban
algo de una
forma u otra, sintiéndose merecedores de mi atención, de mis
cuidados, de
mis desvelos. Y yo me las arreglaba para mantenerme ajena a
las críticas
y a ellos mismos.
Jamás entraba
en polémicas y nunca me mostraba alterada por nada.
Estaba en
este mundo, pero no pertenecía a él. Era media mujer, media
hija, media
amiga. Había una parte de mí a la que todos podían acceder y
otra parte
que ni yo podía tocar.
Me asustaba
esa _____. Temía despertarla. Me cuidé especialmente
de ello
durante muchísimo tiempo y logré mantenerla a raya. Mi gesto más
común era de
asentimiento, mientras por dentro bullían cosas que me
esforzaba por
controlar. Cuestionaba todo menos lo que se relacionaba con
eso. Ponía
fuera lo que se estaba gestando dentro de mí y amenazaba con
desbordarme. Hacía
muchas preguntas, pero ninguna iba dirigida a mí
misma.
Es que toda
la vida he querido ser periodista.
Cuando era
pequeñita me calaba las gafas de mi abuelo y, con la regla
grande, la
que tiene forma de T, me acercaba al mapa que él tenía en su
estudio.
Cuando todos esperaban que jugara a profesoras, yo daba el
informe del
tiempo anunciando lluvias en los cuatro puntos cardinales. Y
luego me
sentaba en el amplio escritorio, con los pies colgando, y leía las
noticias.
«Zeñorez, cayó el dólar en picado. Zerró a la baja por terzer
día
conzecutivo», decía, mirando a la cámara, que era el picaporte
de la puerta
del estudio.
En ocasiones,
cogía mi cepillo de pelo y jugaba a ser Rafaella Carrá
por un
momento. Pero cuando realmente explotaba mi corazón, era al
imaginar que
la entrevistaba.
«Hola, Rafaella. Zeré muy directa: ¿Qué tiene para dezirlez a
ezoz que
dizen que uzted ez hombre?» En mis fantasías
siempre hacía preguntas así
de incisivas.
Con el tiempo, me fui acobardando y comencé a preguntar
sólo cosas
políticamente correctas, y a decir únicamente lo que sabía que
querían oír.
Simplemente,
me discipliné. Y me odié luego por ello.
Me apunté en
Psicología primero. Todavía me pregunto por qué.
Quizá tuvo
que ver con que no me entendía ni yo, o que no me quería ni un
poquito. De
todas formas, no duré ni un año allí, porque eso no era lo mío.
Casarme con
David me mostró el camino: ni un solo sacrificio más.
Al siguiente
año me matriculé en Ciencias de la Comunicación y ya
hace dos que
me licencié. Lo logré: soy periodista.
Lo soy, pero
estoy muy lejos de ser lo que había soñado de pequeña.
En primer
lugar: no tengo trabajo. Me acaban de despedir del que más
se parecía a
un empleo relacionado con mi carrera. El mismo día en que
supe que
estaba nuevamente embarazada, me despidieron de la revista. Y
más tarde me
enteré de cuán cierto es ese viejo refrán que dice que no hay
dos sin tres.
CAPITULO # 2.-
Fue
una tarde de lluvia en la que la gripe me jugó una mala pasada. La
fiebre
había agotado mi capacidad de resistencia. David insistía y a mí me
pareció
más sencillo decir que sí y salir del paso.
Hacía
muchísimo tiempo que no hacíamos nada y todo terminó en
seguida.
Me encerré en el baño, asqueada. Unos momentos después lo
descubrí.
—David,
¿no te has puesto nada?
—He
acabado fuera, _____ —respondió sin despegar los ojos de la
tele.
«¿Fuera
de qué?», me pregunté. Si aquel pegote no era lo que yo
estaba
pensando, no sé qué era. No era mío, sin duda. Yo no me mojaba
nunca.
—¿Estás seguro? —insistí, mientras un acceso de tos me dejaba fuera
de
combate.
—Claro.
Además, no sé de qué te preocupas. Demasiada mala suerte
sería
que te quedaras embarazada acabando fuera y con un solo ovario. Es
más
fácil que te toque la lotería, ¿no?
Sí, que
te toque la lotería pero al revés. De todas formas, me sentía
demasiado
enferma como para considerarlo siquiera. Me acurruqué en la
cama
y continué sudando el virus que me estaba matando.
David
me acarició el pelo mientras reía a carcajadas con los bloopers.
Adoraba
ver accidentes jocosos. Tenía un sentido del humor tan simple que
muchas
veces me hizo preguntarme si de veras era normal.
Debía
de serlo, porque era un hombre muy querido por sus amigos y
bastante
exitoso en lo que hacía. David se dedicaba a la política. Era
secretario
de un senador y su principal tarea era organizarle la agenda. Era
un
vendedor de humo profesional. Un descarado, una especie de farsante
inofensivo,
muy querido por todos menos por mí.
No
era una mala persona. El problema era yo.
Demasiado
compleja para cualquiera, demasiado reflexiva. Aburrida,
me
definía David muerto de risa. Y tenía razón. Yo no era una persona
interesante,
y aparentemente no tenía nada para dar. Y era así, al menos
hasta
que encendía el ordenador y me ponía a escribir.
Todo
había comenzado como un juego, o más bien como un
experimento.
Luego se transformó en mi trabajo de graduación, y continuó
creciendo.
Bendito blog. «Trapitos al sol», se llamaba, y allí volcaba yo
todas
mis inquietudes junto a mi amiga la sexóloga. Quinientas mil visitas
nos
mostraban que a nuestro público le interesaba mucho lo que teníamos
que
decir. Cada semana una columna. Yo escribía sobre amor y Sylvia
sobre
sexo. Y también usábamos el blog para promocionar su negocio de
maleta
roja.
Era
muy raro: en ese lugar yo lograba soltarme realmente.
Nadie
sabía que ______ Isabel Baldini y Sylvia Mónica Díaz estaban
detrás
de Carrie y Samantha.
Jugar
a «Sexo en Nueva York» había resultado maravilloso. Y
también
rentable, al menos para mi amiga. A mí me daba otro tipo de
satisfacciones
que no se compran con dinero.
David
no sabía nada de todo esto. Presiento que no le hubiese gustado,
porque
él no me entendía. Me ignoraba porque no me comprendía, y así
también
ignoraba todo lo que yo hacía. No había dudas de que no éramos el
uno
para el otro. Aun así, jamás pensé seriamente en dejarlo.
No
sabía a qué le tenía miedo.
Al
fracaso... podía ser. Divorciarme sería una forma de fracasar. A
estar
sola, a mi madre, a mí misma. Era todo eso, sí.
Y a
empezar de nuevo. A una nueva casa. A tener que salir, alternar,
hacer
vida social. A tener que fingir lo que no era, a presentar mi mejor
cara
cuidándome de no mostrar mis defectos demasiado pronto. A hacerme
la
simpática, a demostrar interés, aunque en realidad me importara un
carajo
lo que me dijeran.
«¡Qué
egoísta es _____!» Sí, era terriblemente egoísta. Y cómoda.
Todavía
lo soy. Pero esa comodidad tenía su precio, y yo aún lo estoy
pagando.
Fue
el destino quien decidió por mí.
Tenía
varios días de atraso y nunca me pasaba eso. Mi único ovario
era
como un relojito que funcionaba a la perfección. Con el correr de las
horas,
cierta inquietud comenzó a apoderarse de mí poco a poco, hasta
dejarme
completamente desquiciada.
Yo
no utilizaba ningún método anticonceptivo, pues hacía tiempo
había
decidido prescindir de ellos por falta de uso. Era un desperdicio
meterme
hormonas en el cuerpo por gusto.
El
primer día no me preocupé. El segundo, corrí al gimnasio y salté en
la
cama elástica hasta que me dolió la cabeza.
Tenía
los senos hinchados ¿eso sería buena o mala señal? Carajo, el
tercer
día estaba al borde de las lágrimas y creo que la mujer de la
farmacia
se dio cuenta, a juzgar por la compasión que vi en su mirada
cuando
me entregó el test.
No
me lo hice esa noche. El prospecto aconsejaba hacerlo por la
mañana,
porque la acumulación de gonadotrofina en la orina sería más
intensa
en el caso de... estar.
Casi
no pegué ojo. Cuando David se marchó al Palacio de las Leyes,
me levanté
y lo preparé todo.
Cinco
minutos después, continuaba en posición en el váter, y ni una
gota
de pis había salido. Mi cuerpo traicionero me estaba jugando una mala
pasada.
Guardé
el test en la caja, furiosa. ¿Cómo era posible que después de
toda
una noche no pudiese hacer pis? Jamás me había pasado algo así. Salí
corriendo
para la revista, pero antes de llegar me compré dos botellas de
agua
mineral sin gas y me las fui tomando por el camino.
Al
mediodía me vinieron ganas. Fueron tan pero tan fuertes que casi
me
lo hago encima. Corrí al baño, pero estaban todos ocupados. Ay, ya no
aguantaba
más. Sólo me quedaba una cosa por hacer, ir al de mi jefa.
La
bruja había salido, así que me instalé bien a gusto, haciendo un
despliegue
del instrumental necesario. Qué alivio, por Dios. Llené el
recipiente
en cinco segundos.
Lo
coloqué con cuidado en la encimera de mármol y luego metí la
varita
y cerré los ojos. Me puse a contar...
—Uno,
dos, tres...
Antes
de abrirlos ya sabía que era positivo, y también que aquello que
me
corría por la cara eran lágrimas. De pesar, de frustración, de
impotencia.
Pero no de felicidad...
¿No
se suponía que debería ser distinto? Miles de mujeres estarían
pasando
por lo mismo en ese momento... ¿cuántas de ellas tendrían ganas
de
morirse, como yo?
Me
quedé mirando la varita como hipnotizada, hasta que se abrió la
puerta
de golpe y me encontré cara a cara con la mejor amiga de la bruja,
que
parecía tan sorprendida como yo.
—¿Qué
hace usted aquí?
—Nada...
Tenía prisa y creí que a Cecilia no le importaría que... —
comencé
a decir, mientras tiraba la prueba del delito en el balde que había
junto
al váter, aunque sabía que no sólo eso me delataba.
Caroline
Cardozo sería bastante estúpida si no se daba cuenta de que
lo
que había sobre el mármol era un recipiente con orina para una prueba
casera
de embarazo.
—No
me haga reír. Todos sabemos lo quisquillosa que es Cecilia con
su
baño. Haga el favor de recoger sus cosas y salir inmediatamente.
—Deme
un segundo, ya salgo —le dije, cerrándole la puerta en la
cara.
A la
mierda Caroline. Tenía cosas más importantes de que
preocuparme,
o al menos eso creía, porque mientras lloraba como una
magdalena
en el baño común, alguien vino a buscarme. Al parecer, la bruja
quería
verme.
Me
sequé las lágrimas como pude y corrí a su oficina:
—Señora
Cecilia, ¿me ha llamado?
—Sí,
querida. Toma asiento.
—Gracias.
—Voy
a ser muy directa: ______ Isabel, estás despedida.
Se
me erizaron cada uno de los cabellos de la nuca.
—¿Qué...?
—Lo
siento. Es que necesitamos hacer unos ajustes y...
Me
puse de pie como en un sueño.
—¿Es
por haber usado su baño? ¡Le pido disculpas!
Ella
pareció incómoda con la pregunta y directamente la soslayó.
—No
sé a qué te refieres. El hecho es que ya no perteneces a la
empresa
y deberás pasar hoy mismo por la oficina de personal para...
—Lo
sabe, ¿verdad? De alguna forma, Caroline lo ha descubierto y se
lo
ha dicho, ¿no es así?
Cecilia
pestañeó varias veces, pero se mantuvo en sus trece.
—No
sé a qué te refieres —repitió con frialdad.
¡Cómo
odiaba a esa bruja! A ella y a su amiga, que era igual de
malvada.
Me
desesperé. Un empleo de asistente de producción en una revista de
decoración
no era lo que yo siempre había deseado, pero era lo mejor que
había
podido conseguir. Y en un año había pasado de chica de los recados a
redactar
cada pie de foto de las producciones que la revista realizaba.
La
bruja me había prometido incluso permitirme hacer un artículo
sobre
decoración vintage, y hasta me había asignado una partida para que
buscara
antigüedades en remates y ferias de campo.
Y
ahora esto... No podía entender por qué. Estar embarazada era un
inconveniente
en cualquier empleo, pero no despiden a todas las
embarazadas,
¿o sí? El año anterior, Larissa había tenido un niño y Cecilia
hasta
le había enviado flores. Entonces, ¿por qué a mí? Y de pronto lo
entendí.
Me estaba despidiendo porque podía hacerlo sin que yo le
reclamara
nada extra por la vía legal. Lo estaba haciendo antes de que yo
se
lo comunicara, para luego alegar que ignoraban el hecho y no pagarme
la
indemnización que me correspondía.
Maldije
en voz baja y luego en voz alta. Cecilia llamó a seguridad y
ahí
terminó todo, al menos en la oficina.
¿Qué
iba a hacer? Había tropezado dos veces con la misma piedra. No
había
aprendido nada... ¡Dos malditas veces me dejé embarazar por un
hombre
al que no amaba! Mierda... ¡Ni siquiera me gustaba!
Qué
tonta era. Y mi castigo sería permanecer atada a David de por
vida.
Me lo merecía, de veras que sí.
Mientras
caminaba hacia el Palacio de las Leyes, me sequé las
lágrimas
con el dorso de la mano. Pero sorprendentemente, cada paso que
daba
me hacía resignarme más y más. Tenía un pequeño pececito latiendo
dentro
de mí, y esta vez saldría adelante. Cuando llegué a la puerta, casi
había
aceptado mi destino.
Pagaría
mis culpas, tendría a ese niño. Quién sabe si no era la única
posibilidad
que tendría de ser madre... Sí, por algo estaba allí en mi
vientre.
Por un momento me imaginé con una enorme barriga y hasta se
dibujó
una sonrisa en mi rostro.
Debería
postergar mis sueños por un tiempo, y también ajustarnos el
cinturón,
pero podía con eso.
Lástima
que David no pensó igual.
Cuando
se lo conté se puso furioso. Me cogió del brazo y me echó a la
calle.
Me dijo de todo menos bonita, como si yo fuese la única culpable de
todo
eso.
—¡Te
lo dije, _____! ¡Te lo dije muchas veces! ¡No quiero niños!
¿Por
qué has tenido que dejar la píldora?
—¡Jamás
volvimos a hablar de eso! Nunca me dijiste que no querías...
—Te
he dado miles de señales, pero no has querido reconocerlas.
—¿Y
por qué mierda acabaste dentro, hijo de puta?
—¡Cállate,
estúpida! Alguien te puede oír. —Y luego me dijo al oído
—:
Si de vez en cuando me dejaras follarte, no me hubiese comportado
como
un adolescente en llamas. Se me escapó, joder. Y todo ha sido por tu
culpa.
No
podía creer lo que oía. Me estaba echando toda la culpa... Mi marido era una
verdadera mierda. Lo era, de veras. Aun así era mi marido,
así
que decidí librar esa batalla más tarde, por respeto a su lugar de trabajo
y
porque ahora ése era nuestro único sustento.
Me
marché. Mi amiga Sylvia fue quien me dio consuelo esa tarde,
porque
no me atrevía a contárselo a mi madre.
Pero
tuve que hacerlo igual cuando regresé a mi casa esa noche y me
encontré
con que mi esposo había cambiado la cerradura.
Y
eso no fue todo. Como si todavía no hubiese tenido bastante ese día,
sucedió
algo que aún ahora, cuando pienso en ello, me hace sentir
escalofríos.
Llovía
a cántaros esa noche. Yo estaba muerta de cansancio. Había
llorado
hasta quedarme seca en brazos de Sylvia, que en todo momento se
mostró
comprensiva y supo contenerme. Yo sabía que eso era momentáneo
y
que ya vendrían luego los «te lo dije».
Mi
amiga me ofreció su casa, pero yo la rechacé.
—Voy
a volver, Syl.
—¿Qué?
¿A la revista? —me preguntó, haciéndose la tonta.
—Tú
sabes de lo que te estoy hablando. Me voy a casa.
—No
puedo creerlo, estás completamente loca. El muy cabrón te ha
dicho
de todo, _____. No quiere que tengas el bebé. ¡Te ha echado la
culpa
como si te hubieses quedado embarazada por la participación estelar
del
Espíritu Santo, y no por él! Piénsalo, por favor. Al menos piénsalo.
—Lo
estoy pensando. Y quiero hablar con él. Estoy segura de que lo
que
ha pasado es por haberlo cogido por sorpresa. Si hubiese sabido que
me
acaban de despedir, se hubiese mostrado más comprensivo.
—_____,
haz lo que quieras. Pero yo que tú, aprovecharía la
oportunidad
y me liberaría de David.
Lo
que me dijo Sylvia me dejó pensando... Sí, sería una buena
oportunidad
para salir de esa miserable vida que había llevado hasta el
momento.
Mierda,
era imposible. No lo había dejado cuando aún tenía empleo y
no
estaba embarazada, ¿cómo iba a hacerlo ahora? ¿Qué podía hacer?
¿Adónde
podría ir? Mi madre jamás me aceptaría de nuevo en su casa y
Sylvia
estaba empezando una relación con su terapeuta.
En
ningún sitio había un espacio para mí. Tenía que volver con David
fuera
como fuese.
Lo
de la cerradura me pilló por sorpresa. Golpeé y pateé la puerta
hasta
que me dolió todo el cuerpo, pero él no abrió. Creo que ni siquiera
estaba
en casa. Me desplomé en la entrada y, por un rato, me sentí un
felpudo.
Es que me habían pisoteado de lo lindo, y no sólo ese día.
Lloré
y lloré. Y cuando no me quedaron más lágrimas, fui a buscarlas
a la
lluvia.
Caminaba
despacio bajo el aguacero. No tenía prisa ni lugar a donde
ir.
No quería pedirle nada a mi madre, pero dadas las circunstancias...
—Hola,
mamá.
—_____,
te oigo muy mal.
—Es
por la lluvia.
—¿Dónde
estás?
—En
la calle.
—¿A esta
hora? Te he llamado a la revista porque tu tía Elena quiere
que
pases el viernes por su salón, y me han dicho que no estabas.
—¿Y
por qué no me has llamado al móvil, mamá?
—______,
¡como para gastar estoy yo! Me ha dicho que no le falles, porque ha cancelado
una depilación completa para darte el turno.
Vacilé.
Tenía varias malas nuevas para contarle. La primera, que
estaba
embarazada. La segunda, que me habían despedido, y la tercera que
debía
acogerme en su casa porque no tenía adónde ir.
Sentí
intensos deseos de morir. Si eso no era fracasar rotunda y
estrepitosamente,
no sé qué podía serlo.
No
siempre es bueno desear cosas con esa intensidad, porque pueden
cumplirse.
Eso fue lo último que pensé cuando vi aquel coche echárseme
encima. Y luego todo fue oscuridad y
silencio.
HOLA!!! BUENOO ESTA ES LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... TRANQUILAS YA PRONTO SALDRA TOM :D ... ADIOS :)) BIENVENIDAS
HOLA!!! BUENOO ESTA ES LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... TRANQUILAS YA PRONTO SALDRA TOM :D ... ADIOS :)) BIENVENIDAS
Guaooo es muy diferente a las demás que he leído pero me encantoooo, esta buenísima, ya me muero x saber en que cap saldrá Tom espero los próximos caps, pobre (Tn)
ResponderBorrarQue desgraciao Dejar a su esposaa!
ResponderBorrarDiguelaaa.. Me gusto! :)Tom la atropella!!
Sigueeee
ResponderBorrarWow... acabo de entrar en las novelas para ponerme al día y me llevo la gran sorpresa de que no quieres seguir publicando por falta de comentarios, me hace sentir mal por mi y por el resto de chicas, perdón por no poder comentar, pero tampoco las estaba leyendo ya que empecé a trabajar y mi horario y mis estudios, no he tenido tiempo, a parte de unos problemas familiares, andábamos pendientes de si mi madre de tenia que operar o no y la verdad descuide mucho la lectura, lo siento mucho, copio y pego en la otra novela para que veas el mensaje en alguna de las dos por lo menos.
ResponderBorrarNo dejes de escribir porfisss