MUSICA

viernes, 6 de noviembre de 2015

# 1 Y # 2

CAPITULO # 1.-
Tengo que ponerme a escribir. Tengo que hacerlo, lo sé. Sólo un poco más
de Facebook y estaré lista para encarar la temida página en blanco.
«Ánimo, _____», me dice mi amiga Sylvia. Pobre... También por
ella debo retomar el blog y hacer lo mío. Es increíble que siendo sexóloga
diplomada tenga que trabajar con una maleta roja en reuniones de
tuppersex para ganarse la vida.
Bendita paginita que nos ha salvado a ambas, y en más de un sentido.
Marco un «me gusta» porque realmente me gusta que se preocupe por
mí, a pesar de que ya han pasado dos meses desde aquel fatídico día.
«¡Desaparecida! ¿En qué andas, _____?»
Es evidente que mi primo Lorenzo no se ha enterado de nada o, si lo
ha hecho, ya lo ha olvidado. Vive en las nubes ese hombre. Igual le pongo
un «like» por la intención.
Ah, qué preciosa frase: «Ayer fue historia. Mañana es un misterio. Y
hoy es un regalo, por eso se llama presente». Más cierto imposible, pero
una cosa es leerlo y otra muy diferente es saber qué hacer con ello. Me
gusta, me gusta mucho. De alguna forma me ha calado hondo. Tiene
sentido para mí, aunque cuando cada noche intento conciliar el sueño, el
ayer se hace presente y el futuro me llena de miedo.
Y luego, decenas de felicitaciones de cumpleaños. Les respondo a
todos en un solo posteo: «Gracias por recordarlo». Nada más que eso. Ni
que lo he pasado genial ni nada, porque sólo miento cuando se hace
imprescindible, y en el mundo real. Virtualmente se han acordado muchos,
pero no tengo ni idea de cuántos se han interesado lo suficiente como para
llamarme. Y la verdad sea dicha, no puede importarme menos.
Haber perdido el maldito móvil finalmente ha sido una bendición.
Servirá para hacer borrón y cuenta nueva. Nuevo aparato, nuevo número...
¿Nueva vida?
Quizá, pero por ahora sólo puedo pensar en que el destino es un sádico
sin remedio, porque a mis veintiséis recién cumplidos he tenido que volver
a vivir con mi madre.
Aun así, prefiero la nueva y no la anterior. Es una vida de mierda, soy
consciente de eso. Soy una mujer adulta que está durmiendo en la misma
cama que a los trece años, con ositos rosa incluidos. Pero la anterior era
una farsa. Mi vida antes del desastre estaba cogida con alfileres. Cierto que
eran de los bonitos, de esos que tienen cabezas de colores, pero se han
deslizado demasiado rápido y todo se ha soltado. Me he quedado en pelotas
de un día para otro y, a pesar de ello, la _____ Optimista que habita en lo
más profundo de mí me dice que es lo mejor.
Me resulta difícil de creer que encerrarme a fumar armada de
aerosoles quitaolores sea algo bueno, o que no poder andar descalza sin
recibir una reprimenda sea un premio.
Soy como una página en blanco y por un momento el terror se apodera
de mí. ¿Podré salir del paso esta vez? Apago mi ordenador; ya dejaré la
columna para cuando esté inspirada. Eso puede esperar.
Lo que no puedo hacer es quedarme inmóvil para siempre. Tengo que
moverme, aunque sea sólo por dentro. Tengo que salir del letargo, tengo
que comenzar a vivir.
Porque ésta es mi vida, al menos por ahora. No tengo móvil, no tengo
casa, no tengo trabajo, ya no tengo un pececito latiendo dentro de mí, y
definitivamente no tengo marido. Estoy desnuda.
Pero por alguna razón, por extraño que parezca, por horrible que
suene, le presto mis oídos a la _____ Optimista y sonrío al pensar que lo
mejor está por venir.
El día en que todo acabó, amaneció nublado. «Hum, mal presagio»,
me dije. El test de embarazo parecía palpitar en mi bolso, delatándome.
No era la primera vez que me hacía uno y tampoco era la primera vez
que el positivo podía terminar siendo precisamente lo contrario. En aquella
otra ocasión, el resultado me cambió la vida de una forma tan radical que
luego continué dando tumbos durante mucho tiempo. Y presentía que esta
vez no sería distinto.
Siete años atrás, cuando mi trompa estalló, lo único en lo que podía
pensar era en que el dolor cesara. Mi luna de miel fue una pesadilla de
jeringas y batas blancas.
Regresé a mi vida con un ovario menos y un marido que estaba de
más.
Lo del ovario no me importaba. Tenía uno sano, ¿para qué quería otro
lleno de quistes y con la trompa de Falopio detonada?
Lo del marido, en cambio, me trastornó toda la vida. Si hubiese sabido
que el embarazo se malograría, jamás me hubiese casado con David. No es
que no lo quisiera entonces. El problema es que no lo quería lo suficiente.
Mi amiga Sylvia intentó convencerme de que no lo hiciera, pero no le
hice caso. Hasta el momento me había dejado llevar por los
acontecimientos, y no había motivo alguno para cambiar de tesitura.
David era mi novio de toda la vida, mi primer hombre. Yo era una
tonta que había olvidado tomar la píldora. Listo, el final estaba cantado.
Me negué rotundamente a hacerle eso a mi madre, que ya llevaba
suficientes vergüenzas a cuestas, y yo le había agregado la de una hija de
diecinueve años que se había embarazado por accidente.
—Pero tú no lo quieres, ______ —me dijo Sylvia sosteniéndome la
mirada.
Estábamos en Zara, buscando un traje decente para la ceremonia civil,
que iba a ser la única. David era judío, ateo y socialista; como para boda
religiosa estábamos nosotros. Ni iglesia, ni sinagoga. Ni siquiera parientes
deseándonos felicidad. Seríamos él, yo y los testigos que la ley exigía. Y a
uno de ellos ni siquiera lo conocía.
—Sí lo quiero, Syl —repliqué, sin darle el gusto de que leyera en mis
ojos que tenía razón.
—______, que no nací ayer. Continúa mirándote al espejo mientras te
crees tus propias mentiras.
—¿Así que sabes más que yo sobre mis propios sentimientos? Amiga,
estoy embarazada y me voy a casar. Y seré muy feliz con David.
Ella era implacable. No desistía jamás.
—Sí, claro. Te casarás, tendrás al bebé, pero que no lo amas es una
verdad tan grande como una casa, Maribel. David no es el hombre indicado
para tu... sensibilidad. Ni siquiera te ha hecho acabar una sola vez.
—¡Sylvia! —exclamé irritada.
No me importaba hablar de esos temas, pero no quería que todo el
mundo se enterara de que era una frígida sin remedio.
—¿Acaso estoy mintiendo?
—¿Puedes cerrar el pico? —pregunté, abriendo los ojos como platos
para que se diera cuenta de que no me sentía cómoda hablando de eso en
ese momento y en ese lugar.
—No —me contestó, pero bajó un poco la voz cuando me dijo—: Y sé
que estás pensando que no acabas porque eres frígida, aunque ya me he
cansado de explicarte que no acabas porque él no te excita, y porque no
estás enamorada de ese hombre.
—Estoy enamorada de «ese hombre». Y cuando realmente tengamos
tiempo, cuando no tengamos que hacerlo a escondidas en los descansillos
de las escaleras, lo lograré, te lo aseguro.
—Ay, ______ Isabel Baldini, eres más ingenua de lo que creía. Si
ahora, que se supone que estáis en pleno enamoramiento, que se supone
que os derretís el uno por el otro, no logras un orgasmo..., ¿qué carajo te
hace pensar que después será mejor? Ni siquiera te gusta, pero eres tan
terca que sé que no lo admitirás jamás.
Se equivocaba. Por supuesto que tuve que admitírselo.
Antes de casarnos no lograba terminar. Después no podía ni empezar.
No deseaba a David. Y Sylvia tenía razón: ni siquiera me gustaba. Con el
tiempo, todo se puso peor, porque me provocaba bastante irritación hasta el
simple hecho de dormir con él y tener que inventar excusas para evitar el
sexo.
Menstruaciones interminables. Misteriosos virus contagiosos del
universo femenino. Como cuando era pequeña, acercaba el termómetro a la
luz para fingir que tenía fiebre y no exponerme a los patéticos intentos de
David de darme placer.
Cuando no lograba escapar, simplemente me despersonalizaba.
«No soy yo, no soy yo, no soy yo», repetía como un mantra, mientras
me concentraba en una manchita de humedad que había comenzado a
aparecer en el techo, o en la lista de la compra del día siguiente. O
simplemente me ponía a contar. «Diez, nueve... falta poco... ocho, siete...
llegó la hora de fingir... seis, cinco... de veras soy buena actriz... cuatro,
tres... ya termina esta tortura... dos, uno... Fuera.»
Me desembarazaba del cuerpo inerte de David, así como mi cuerpo se
había desembarazado del de su hijo, sin que mediara intención por mi
parte. —La naturaleza es sabia —había dicho mi madre.
Sólo eso. Ni una palabra de consuelo, ni un poquito de empatía. Nada,
como siempre.
De todos modos, no necesitaba su compasión, porque realmente no lo
sentí. Quizá lo único que lamenté fue que el desenlace se produjera
después de la boda y no antes... Vamos, _____, ¿a quién quieres engañar?
No tenías los ovarios suficientes para cancelarlo todo. ¿Sería por los
quistes? ¿Podía echarles la culpa por haber errado tanto?
Años aletargada. Ésa es la palabra, «aletargada». No suena bien, pero
vivirlo resultó peor aún. No lo sé, tal vez esté exagerando. En realidad lo
arreglamos de un modo bastante sencillo. David se consiguió una amante
fija y varias de turno.
Yo también lo intenté, pero los besos prohibidos y las caricias robadas
no eran lo mío. Siempre supe que necesitaba confiar mucho en alguien para
lograr soltarme. Una relación de sexo casual jamás iba a ser el marco ideal
para eso.
Era muy extraño lo que me pasaba. Todo el mundo me tildaba de
egoísta. Mi madre me lo decía siempre, David me lo hacía sentir todo el
tiempo y mis amigas no se quedaban atrás. Todos por distintos motivos
coincidían en lo mismo: «¡Qué egoísta es _____!». Todos me reclamaban
algo de una forma u otra, sintiéndose merecedores de mi atención, de mis
cuidados, de mis desvelos. Y yo me las arreglaba para mantenerme ajena a
las críticas y a ellos mismos.
Jamás entraba en polémicas y nunca me mostraba alterada por nada.
Estaba en este mundo, pero no pertenecía a él. Era media mujer, media
hija, media amiga. Había una parte de mí a la que todos podían acceder y
otra parte que ni yo podía tocar.
Me asustaba esa _____. Temía despertarla. Me cuidé especialmente
de ello durante muchísimo tiempo y logré mantenerla a raya. Mi gesto más
común era de asentimiento, mientras por dentro bullían cosas que me
esforzaba por controlar. Cuestionaba todo menos lo que se relacionaba con
eso. Ponía fuera lo que se estaba gestando dentro de mí y amenazaba con
desbordarme. Hacía muchas preguntas, pero ninguna iba dirigida a mí
misma.
Es que toda la vida he querido ser periodista.
Cuando era pequeñita me calaba las gafas de mi abuelo y, con la regla
grande, la que tiene forma de T, me acercaba al mapa que él tenía en su
estudio. Cuando todos esperaban que jugara a profesoras, yo daba el
informe del tiempo anunciando lluvias en los cuatro puntos cardinales. Y
luego me sentaba en el amplio escritorio, con los pies colgando, y leía las
noticias.
«Zeñorez, cayó el dólar en picado. Zerró a la baja por terzer día
conzecutivo», decía, mirando a la cámara, que era el picaporte de la puerta
del estudio.
En ocasiones, cogía mi cepillo de pelo y jugaba a ser Rafaella Carrá
por un momento. Pero cuando realmente explotaba mi corazón, era al
imaginar que la entrevistaba.
«Hola, Rafaella. Zeré muy directa: ¿Qué tiene para dezirlez a ezoz que
dizen que uzted ez hombre?» En mis fantasías siempre hacía preguntas así
de incisivas. Con el tiempo, me fui acobardando y comencé a preguntar
sólo cosas políticamente correctas, y a decir únicamente lo que sabía que
querían oír.
Simplemente, me discipliné. Y me odié luego por ello.
Me apunté en Psicología primero. Todavía me pregunto por qué.
Quizá tuvo que ver con que no me entendía ni yo, o que no me quería ni un
poquito. De todas formas, no duré ni un año allí, porque eso no era lo mío.
Casarme con David me mostró el camino: ni un solo sacrificio más.
Al siguiente año me matriculé en Ciencias de la Comunicación y ya
hace dos que me licencié. Lo logré: soy periodista.
Lo soy, pero estoy muy lejos de ser lo que había soñado de pequeña.
En primer lugar: no tengo trabajo. Me acaban de despedir del que más
se parecía a un empleo relacionado con mi carrera. El mismo día en que
supe que estaba nuevamente embarazada, me despidieron de la revista. Y
más tarde me enteré de cuán cierto es ese viejo refrán que dice que no hay
dos sin tres.


CAPITULO # 2.-
Fue una tarde de lluvia en la que la gripe me jugó una mala pasada. La
fiebre había agotado mi capacidad de resistencia. David insistía y a mí me
pareció más sencillo decir que sí y salir del paso.
Hacía muchísimo tiempo que no hacíamos nada y todo terminó en
seguida. Me encerré en el baño, asqueada. Unos momentos después lo
descubrí.
—David, ¿no te has puesto nada?
—He acabado fuera, _____ —respondió sin despegar los ojos de la
tele.
«¿Fuera de qué?», me pregunté. Si aquel pegote no era lo que yo
estaba pensando, no sé qué era. No era mío, sin duda. Yo no me mojaba
nunca. —¿Estás seguro? —insistí, mientras un acceso de tos me dejaba fuera
de combate.
—Claro. Además, no sé de qué te preocupas. Demasiada mala suerte
sería que te quedaras embarazada acabando fuera y con un solo ovario. Es
más fácil que te toque la lotería, ¿no?
Sí, que te toque la lotería pero al revés. De todas formas, me sentía
demasiado enferma como para considerarlo siquiera. Me acurruqué en la
cama y continué sudando el virus que me estaba matando.
David me acarició el pelo mientras reía a carcajadas con los bloopers.
Adoraba ver accidentes jocosos. Tenía un sentido del humor tan simple que
muchas veces me hizo preguntarme si de veras era normal.
Debía de serlo, porque era un hombre muy querido por sus amigos y
bastante exitoso en lo que hacía. David se dedicaba a la política. Era
secretario de un senador y su principal tarea era organizarle la agenda. Era
un vendedor de humo profesional. Un descarado, una especie de farsante
inofensivo, muy querido por todos menos por mí.
No era una mala persona. El problema era yo.
Demasiado compleja para cualquiera, demasiado reflexiva. Aburrida,
me definía David muerto de risa. Y tenía razón. Yo no era una persona
interesante, y aparentemente no tenía nada para dar. Y era así, al menos
hasta que encendía el ordenador y me ponía a escribir.
Todo había comenzado como un juego, o más bien como un
experimento. Luego se transformó en mi trabajo de graduación, y continuó
creciendo. Bendito blog. «Trapitos al sol», se llamaba, y allí volcaba yo
todas mis inquietudes junto a mi amiga la sexóloga. Quinientas mil visitas
nos mostraban que a nuestro público le interesaba mucho lo que teníamos
que decir. Cada semana una columna. Yo escribía sobre amor y Sylvia
sobre sexo. Y también usábamos el blog para promocionar su negocio de
maleta roja.
Era muy raro: en ese lugar yo lograba soltarme realmente.
Nadie sabía que ______ Isabel Baldini y Sylvia Mónica Díaz estaban
detrás de Carrie y Samantha.
Jugar a «Sexo en Nueva York» había resultado maravilloso. Y
también rentable, al menos para mi amiga. A mí me daba otro tipo de
satisfacciones que no se compran con dinero.
David no sabía nada de todo esto. Presiento que no le hubiese gustado,
porque él no me entendía. Me ignoraba porque no me comprendía, y así
también ignoraba todo lo que yo hacía. No había dudas de que no éramos el
uno para el otro. Aun así, jamás pensé seriamente en dejarlo.
No sabía a qué le tenía miedo.
Al fracaso... podía ser. Divorciarme sería una forma de fracasar. A
estar sola, a mi madre, a mí misma. Era todo eso, sí.
Y a empezar de nuevo. A una nueva casa. A tener que salir, alternar,
hacer vida social. A tener que fingir lo que no era, a presentar mi mejor
cara cuidándome de no mostrar mis defectos demasiado pronto. A hacerme
la simpática, a demostrar interés, aunque en realidad me importara un
carajo lo que me dijeran.
«¡Qué egoísta es _____!» Sí, era terriblemente egoísta. Y cómoda.
Todavía lo soy. Pero esa comodidad tenía su precio, y yo aún lo estoy
pagando.
Fue el destino quien decidió por mí.
Tenía varios días de atraso y nunca me pasaba eso. Mi único ovario
era como un relojito que funcionaba a la perfección. Con el correr de las
horas, cierta inquietud comenzó a apoderarse de mí poco a poco, hasta
dejarme completamente desquiciada.
Yo no utilizaba ningún método anticonceptivo, pues hacía tiempo
había decidido prescindir de ellos por falta de uso. Era un desperdicio
meterme hormonas en el cuerpo por gusto.
El primer día no me preocupé. El segundo, corrí al gimnasio y salté en
la cama elástica hasta que me dolió la cabeza.
Tenía los senos hinchados ¿eso sería buena o mala señal? Carajo, el
tercer día estaba al borde de las lágrimas y creo que la mujer de la
farmacia se dio cuenta, a juzgar por la compasión que vi en su mirada
cuando me entregó el test.
No me lo hice esa noche. El prospecto aconsejaba hacerlo por la
mañana, porque la acumulación de gonadotrofina en la orina sería más
intensa en el caso de... estar.
Casi no pegué ojo. Cuando David se marchó al Palacio de las Leyes,
me levanté y lo preparé todo.
Cinco minutos después, continuaba en posición en el váter, y ni una
gota de pis había salido. Mi cuerpo traicionero me estaba jugando una mala
pasada.
Guardé el test en la caja, furiosa. ¿Cómo era posible que después de
toda una noche no pudiese hacer pis? Jamás me había pasado algo así. Salí
corriendo para la revista, pero antes de llegar me compré dos botellas de
agua mineral sin gas y me las fui tomando por el camino.
Al mediodía me vinieron ganas. Fueron tan pero tan fuertes que casi
me lo hago encima. Corrí al baño, pero estaban todos ocupados. Ay, ya no
aguantaba más. Sólo me quedaba una cosa por hacer, ir al de mi jefa.
La bruja había salido, así que me instalé bien a gusto, haciendo un
despliegue del instrumental necesario. Qué alivio, por Dios. Llené el
recipiente en cinco segundos.
Lo coloqué con cuidado en la encimera de mármol y luego metí la
varita y cerré los ojos. Me puse a contar...
—Uno, dos, tres...
Antes de abrirlos ya sabía que era positivo, y también que aquello que
me corría por la cara eran lágrimas. De pesar, de frustración, de
impotencia. Pero no de felicidad...
¿No se suponía que debería ser distinto? Miles de mujeres estarían
pasando por lo mismo en ese momento... ¿cuántas de ellas tendrían ganas
de morirse, como yo?
Me quedé mirando la varita como hipnotizada, hasta que se abrió la
puerta de golpe y me encontré cara a cara con la mejor amiga de la bruja,
que parecía tan sorprendida como yo.
—¿Qué hace usted aquí?
—Nada... Tenía prisa y creí que a Cecilia no le importaría que... —
comencé a decir, mientras tiraba la prueba del delito en el balde que había
junto al váter, aunque sabía que no sólo eso me delataba.
Caroline Cardozo sería bastante estúpida si no se daba cuenta de que
lo que había sobre el mármol era un recipiente con orina para una prueba
casera de embarazo.
—No me haga reír. Todos sabemos lo quisquillosa que es Cecilia con
su baño. Haga el favor de recoger sus cosas y salir inmediatamente.
—Deme un segundo, ya salgo —le dije, cerrándole la puerta en la
cara.
A la mierda Caroline. Tenía cosas más importantes de que
preocuparme, o al menos eso creía, porque mientras lloraba como una
magdalena en el baño común, alguien vino a buscarme. Al parecer, la bruja
quería verme.
Me sequé las lágrimas como pude y corrí a su oficina:
—Señora Cecilia, ¿me ha llamado?
—Sí, querida. Toma asiento.
—Gracias.
—Voy a ser muy directa: ______ Isabel, estás despedida.
Se me erizaron cada uno de los cabellos de la nuca.
—¿Qué...?
—Lo siento. Es que necesitamos hacer unos ajustes y...
Me puse de pie como en un sueño.
—¿Es por haber usado su baño? ¡Le pido disculpas!
Ella pareció incómoda con la pregunta y directamente la soslayó.
—No sé a qué te refieres. El hecho es que ya no perteneces a la
empresa y deberás pasar hoy mismo por la oficina de personal para...
—Lo sabe, ¿verdad? De alguna forma, Caroline lo ha descubierto y se
lo ha dicho, ¿no es así?
Cecilia pestañeó varias veces, pero se mantuvo en sus trece.
—No sé a qué te refieres —repitió con frialdad.
¡Cómo odiaba a esa bruja! A ella y a su amiga, que era igual de
malvada.
Me desesperé. Un empleo de asistente de producción en una revista de
decoración no era lo que yo siempre había deseado, pero era lo mejor que
había podido conseguir. Y en un año había pasado de chica de los recados a
redactar cada pie de foto de las producciones que la revista realizaba.
La bruja me había prometido incluso permitirme hacer un artículo
sobre decoración vintage, y hasta me había asignado una partida para que
buscara antigüedades en remates y ferias de campo.
Y ahora esto... No podía entender por qué. Estar embarazada era un
inconveniente en cualquier empleo, pero no despiden a todas las
embarazadas, ¿o sí? El año anterior, Larissa había tenido un niño y Cecilia
hasta le había enviado flores. Entonces, ¿por qué a mí? Y de pronto lo
entendí. Me estaba despidiendo porque podía hacerlo sin que yo le
reclamara nada extra por la vía legal. Lo estaba haciendo antes de que yo
se lo comunicara, para luego alegar que ignoraban el hecho y no pagarme
la indemnización que me correspondía.
Maldije en voz baja y luego en voz alta. Cecilia llamó a seguridad y
ahí terminó todo, al menos en la oficina.
¿Qué iba a hacer? Había tropezado dos veces con la misma piedra. No
había aprendido nada... ¡Dos malditas veces me dejé embarazar por un
hombre al que no amaba! Mierda... ¡Ni siquiera me gustaba!
Qué tonta era. Y mi castigo sería permanecer atada a David de por
vida. Me lo merecía, de veras que sí.
Mientras caminaba hacia el Palacio de las Leyes, me sequé las
lágrimas con el dorso de la mano. Pero sorprendentemente, cada paso que
daba me hacía resignarme más y más. Tenía un pequeño pececito latiendo
dentro de mí, y esta vez saldría adelante. Cuando llegué a la puerta, casi
había aceptado mi destino.
Pagaría mis culpas, tendría a ese niño. Quién sabe si no era la única
posibilidad que tendría de ser madre... Sí, por algo estaba allí en mi
vientre. Por un momento me imaginé con una enorme barriga y hasta se
dibujó una sonrisa en mi rostro.
Debería postergar mis sueños por un tiempo, y también ajustarnos el
cinturón, pero podía con eso.
Lástima que David no pensó igual.
Cuando se lo conté se puso furioso. Me cogió del brazo y me echó a la
calle. Me dijo de todo menos bonita, como si yo fuese la única culpable de
todo eso.
—¡Te lo dije, _____! ¡Te lo dije muchas veces! ¡No quiero niños!
¿Por qué has tenido que dejar la píldora?
—¡Jamás volvimos a hablar de eso! Nunca me dijiste que no querías...
—Te he dado miles de señales, pero no has querido reconocerlas.
—¿Y por qué mierda acabaste dentro, hijo de puta?
—¡Cállate, estúpida! Alguien te puede oír. —Y luego me dijo al oído
—: Si de vez en cuando me dejaras follarte, no me hubiese comportado
como un adolescente en llamas. Se me escapó, joder. Y todo ha sido por tu
culpa.
No podía creer lo que oía. Me estaba echando toda la culpa... Mi marido era una verdadera mierda. Lo era, de veras. Aun así era mi marido,
así que decidí librar esa batalla más tarde, por respeto a su lugar de trabajo
y porque ahora ése era nuestro único sustento.
Me marché. Mi amiga Sylvia fue quien me dio consuelo esa tarde,
porque no me atrevía a contárselo a mi madre.
Pero tuve que hacerlo igual cuando regresé a mi casa esa noche y me
encontré con que mi esposo había cambiado la cerradura.
Y eso no fue todo. Como si todavía no hubiese tenido bastante ese día,
sucedió algo que aún ahora, cuando pienso en ello, me hace sentir
escalofríos.
Llovía a cántaros esa noche. Yo estaba muerta de cansancio. Había
llorado hasta quedarme seca en brazos de Sylvia, que en todo momento se
mostró comprensiva y supo contenerme. Yo sabía que eso era momentáneo
y que ya vendrían luego los «te lo dije».
Mi amiga me ofreció su casa, pero yo la rechacé.
—Voy a volver, Syl.
—¿Qué? ¿A la revista? —me preguntó, haciéndose la tonta.
—Tú sabes de lo que te estoy hablando. Me voy a casa.
—No puedo creerlo, estás completamente loca. El muy cabrón te ha
dicho de todo, _____. No quiere que tengas el bebé. ¡Te ha echado la
culpa como si te hubieses quedado embarazada por la participación estelar
del Espíritu Santo, y no por él! Piénsalo, por favor. Al menos piénsalo.
—Lo estoy pensando. Y quiero hablar con él. Estoy segura de que lo
que ha pasado es por haberlo cogido por sorpresa. Si hubiese sabido que
me acaban de despedir, se hubiese mostrado más comprensivo.
—_____, haz lo que quieras. Pero yo que tú, aprovecharía la
oportunidad y me liberaría de David.
Lo que me dijo Sylvia me dejó pensando... Sí, sería una buena
oportunidad para salir de esa miserable vida que había llevado hasta el
momento.
Mierda, era imposible. No lo había dejado cuando aún tenía empleo y
no estaba embarazada, ¿cómo iba a hacerlo ahora? ¿Qué podía hacer?
¿Adónde podría ir? Mi madre jamás me aceptaría de nuevo en su casa y
Sylvia estaba empezando una relación con su terapeuta.
En ningún sitio había un espacio para mí. Tenía que volver con David
fuera como fuese.
Lo de la cerradura me pilló por sorpresa. Golpeé y pateé la puerta
hasta que me dolió todo el cuerpo, pero él no abrió. Creo que ni siquiera
estaba en casa. Me desplomé en la entrada y, por un rato, me sentí un
felpudo. Es que me habían pisoteado de lo lindo, y no sólo ese día.
Lloré y lloré. Y cuando no me quedaron más lágrimas, fui a buscarlas
a la lluvia.
Caminaba despacio bajo el aguacero. No tenía prisa ni lugar a donde
ir. No quería pedirle nada a mi madre, pero dadas las circunstancias...
—Hola, mamá.
—_____, te oigo muy mal.
—Es por la lluvia.
—¿Dónde estás?
—En la calle.
—¿A esta hora? Te he llamado a la revista porque tu tía Elena quiere
que pases el viernes por su salón, y me han dicho que no estabas.
—¿Y por qué no me has llamado al móvil, mamá?
—______, ¡como para gastar estoy yo! Me ha dicho que no le falles, porque ha cancelado una depilación completa para darte el turno.
Vacilé. Tenía varias malas nuevas para contarle. La primera, que
estaba embarazada. La segunda, que me habían despedido, y la tercera que
debía acogerme en su casa porque no tenía adónde ir.
Sentí intensos deseos de morir. Si eso no era fracasar rotunda y
estrepitosamente, no sé qué podía serlo.
No siempre es bueno desear cosas con esa intensidad, porque pueden
cumplirse. Eso fue lo último que pensé cuando vi aquel coche echárseme

encima. Y luego todo fue oscuridad y silencio.


HOLA!!! BUENOO ESTA ES LA NUEVA NOVELA ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... TRANQUILAS YA PRONTO SALDRA TOM :D ... ADIOS :)) BIENVENIDAS

4 comentarios:

  1. Guaooo es muy diferente a las demás que he leído pero me encantoooo, esta buenísima, ya me muero x saber en que cap saldrá Tom espero los próximos caps, pobre (Tn)

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  2. Que desgraciao Dejar a su esposaa!

    Diguelaaa.. Me gusto! :)Tom la atropella!!

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  3. Wow... acabo de entrar en las novelas para ponerme al día y me llevo la gran sorpresa de que no quieres seguir publicando por falta de comentarios, me hace sentir mal por mi y por el resto de chicas, perdón por no poder comentar, pero tampoco las estaba leyendo ya que empecé a trabajar y mi horario y mis estudios, no he tenido tiempo, a parte de unos problemas familiares, andábamos pendientes de si mi madre de tenia que operar o no y la verdad descuide mucho la lectura, lo siento mucho, copio y pego en la otra novela para que veas el mensaje en alguna de las dos por lo menos.
    No dejes de escribir porfisss

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